Por Miguel Gómez (*).
“Es una historia sin principio ni fin,
de esas que ves por ahí.
Lo único raro fue que no imaginó,
lo que podía venir…”
El profeta – La Vela Puerca.
El enorme triunfo electoral de Luiz Inácio Lula Da Silva tuvo un impacto inédito en la Argentina. Como nunca había sucedido desde la recuperación de la democracia, el resultado de la elección en el hermano país dejó una serie de novedades que hasta hace poco tiempo resultaban impensadas: el silencio del oficialismo, el deterioro de la “macro” en los días subsiguientes y el bochorno del auxilio en la fuga de un presidente que no fue sintetizan la especificidad de la coyuntura argenta. Y todo ello condimentado con las andanzas de nuestro Maxwell Smart vernáculo que se auto imagina como el continuador de la saga del gran Tommy Shelby, jefe del clan Peaky Blinders, pero que en los hechos tiene la misma sagacidad para el ocultamiento que el bueno de Jonny English.
El silencio presidencial ante el hecho consumado de que Lula será presidente de Brasil por cuarta vez, representó una negación de lo obvio, la cual derivó en un nuevo papelón internacional y que contó con matices dignos de mención.
La genuflexión oficialista en la que incluimos a dirigentes libertarios, analistas, aliados políticos y periodistas trató de hacer foco en que la derrota de Flavio Bolsonaro reubica a Javier Milei como una especie de líder regional con diálogo privilegiado con Donald Trump. Sin que quede del todo claro cuáles son las ventajas de esa situación para la Argentina, la pléyade de voceros camaleónicos (podrán ser cualquier cosa menos divulgadores de algún interés nacional), hizo denodados esfuerzos por mostrar que el capítulo de fuga y misterio de las siguientes cuarenta y ocho horas de las elecciones brasileñas, dan como resultado una especie de ventaja para la Argentina. Nada queda de aquellos gloriosos tiempos de la indignaditis selectiva por alguna voz subida de tono de Cristina Fernández y sus cadenas al atardecer o por el dedo inquisidor de Alberto Fernández. Qué épocas aquellas…
De acuerdo a los trascendidos, incluso en la propia reunión de gabinete del día lunes se aplicó aquella vieja máxima con mucho de adolescencia, de que si no menciono algo, no existe: el primer mandatario no tuvo nada para decir ni a los extraños ni a los propios. La idea de reivindicarse como una especie de gran elector internacional quedó para mejores circunstancias y hubo que tragarse el sapo (otra vez) de la ausencia de una tal Patricia Bullrich que, jugando el juego que mejor juega y más le gusta, salió a diferenciarse de la postura oficialista reconociendo la legitimidad del triunfo del Partido de los Trabajadores.
El silencio presidencial vino a confirmar que el primer mandatario funge más como una especie de profeta antes que como un estadista. Todo hombre de Estado tiene compromiso con la realidad que lo rodea: enfrenta límites, obtiene triunfos que lo potencian y derrotas que lo condicionan. Puede hacerse fuerte en la adversidad (no existe mejor ejemplo que el propio Lula) pero en todas las circunstancias tiene obligaciones con la realidad.
A diferencia de lo anterior, el profeta sólo tiene compromiso con su fe, la cual resulta universal, única e inmodificable. Aunque parezca un exceso, esa es una de las razones por las cuales La Libertad Avanza no puede salir de la encerrona política en la que se encuentra, con proyectos de leyes que no avanzan o en el diálogo con aliados que exigen algo de derrame para la cobertura de sus intereses.
No son pocas las voces cercanas al Gobierno que piden por una flexibilización de la rigidez dogmática que protagonizan el ministro Luis Caputo y el propio Milei. En nombre de la batalla cultural el presidente plantea que prefiere perder las elecciones antes que ceder en sus verdades. El problema de esta actitud es que la economía de la gente de a pie no despega, el deterioro resulta harto evidente y los plazos para una mejora, aunque sea mínima, se acortan.
El profeta necesita que el resto tome como propia su fe, que deje de lado la lucha por lo material porque lo mejor está por venir. La inconsistencia de todo ello radica en que la fe se apalanca en las religiones y en la espiritualidad interna, consagrándose en iglesias, sinagogas o templos. La materialidad de la vida y la elección de autoridades en un sistema democrático, se justifican en el bien común y se practican en palacios de justicia, congresos y casas de gobierno. Diferencias no menores a la hora de una vida mejor.
La sorpresa por el triunfo de Lula generó una especie de fenómeno global donde los mercados se movieron a la baja, lo cual representa una especie de sinsentido dado que sus gobiernos siempre se distinguieron por la prolijidad y el cumplimiento de los pagos internacionales. La recuperación de esos mismos activos financieros comenzaron a producirse a las veinticuatro o cuarenta y ocho horas, una vez recuperados del impacto de un resultado que no deseaban ni esperaban.
Pero en la Argentina las lógicas parecen distintas. Con un riesgo país in crescendo y al borde de los 800 puntos, no pocos interlocutores cercanos al mundillo libertario no dejan de sorprenderse que, habiendo hecho todos los deberes y un poquito más, las cuentas siguen sin cerrar. Las dudas sobre el pago de los vencimientos del mediano plazo exponen a la Argentina a una situación con matices parecidos a los de la década del 90, donde la extrema dependencia del ingreso de dólares exponía a la economía a una debilidad constante.
Hoy, tres décadas después y con otras variables en juego, nuevamente el país queda condicionado a contextos externos sobre los que nada puede hacer pero que sí lo afectan. Allí deben andar los Caputo boys, rezando e implorando para que los resultados de la elección de medio término del próximo martes en los Estados Unidos favorezcan al inefable Donald Trump, a riesgo de que un resfrío en el gran país del norte no se convierta en una neumonía bilateral en estos confines del mundo.
Y si hablamos de confines, en la semana que se va, no dejó de llamar la atención que Santiago Caputo, quien gusta de auto nominarse como el “Mago del Kremlin”, fuera descubierto transitando un paso de frontera para proteger al hijo mayor de Jair Bolsonaro. Alardeando vía redes de la supuesta inteligencia en haber sido parte de un operativo coordinado desde Estados Unidos, donde se pudo despistar a grandes y reconocidos medios internacionales, no pudo evitar que un par de canales argentinos mostraran el apoyo al fugado y su familia con vehículos oficiales y aviones privados cuyos dueños se encuentran sospechados en el caso Andis. Cómo diríamos en mi Tablada natal, dejaron todos los dedos pegados, al punto de haber sido interceptados por un operativo de rutina en la zona.
La ayuda genera un nuevo cortocircuito internacional y que, a la luz del quiebre de la derecha brasileña, no sólo deja a Milei sin interlocutor político en aquel país; sino que profundiza el aislamiento argentino respecto de su socio comercial más importante. No sólo no se reconoció la victoria del actual presidente de manera oficial, sino que, además, se ayudó de manera explícita a que el investigado Bolsonaro se fugara.
El Gobierno se esmeró en hacer foco en que no se llevó adelante ningún acto ilegal ya que el famoso pasaporte que debía ser entregado por parte del ex candidato, no había sido bloqueado para el uso internacional. Pero cuidado, lo legal y lo legítimo nunca resultan sinónimos y el escándalo suscitado a nivel internacional así lo demuestra. Es probable que los planteos judiciales iniciados por diferentes actores no lleguen a ningún lado, pero el hecho político dejará secuelas que las incipientes encuestas sabrán reflejar.
En el mientras tanto la interna libertaria no cede. Patricia Bullrich volvió a desmarcarse, Karina Milei nada dijo en su visita a Rosario, y Martín Menem, con sus necesidades a cuestas, salió a marcarle la cancha a la ex ministra de Seguridad al afirmar que en LLA no hay otro candidato a presidente que Milei.
En la inacción de la “Pato” frente al tema de las PASO, ya es vox populi que la senadora no ve con malos ojos que el régimen electoral no sea modificado ya que, con una hipotética nueva caída de la imagen presidencial, la opción por su candidatura pasa a tener mucho de real. Apoyos del famoso círculo rojo no le faltan. A esta altura de los acontecimientos (y del año) todo parece indicar que algunas estrategias legislativas no son comunes ni coincidentes.
El presidente, sin ser protagonista excluyente, pero habiendo participado del juego, resultó derrotado en una apuesta que lo dejó expuesto. Pero un profeta no se amilana por derrotas circunstanciales. Su fe inquebrantable lo moviliza, aunque la política y la satisfacción de las necesidades de su pueblo, sean otra cosa.
(*) Analista político de Fundamentar
FUENTE: Fundamentar
