¿Por qué les damos la espalda a nuestros chicos?

Por Marcelo Diez

En nuestro país tenemos la oportunidad de formarnos en la educación pública desde el nivel inicial hasta el universitario, incluyendo carreras de grado y posgrado.

Desde 1884, año en el cual se estableció la educación publica, gratuita y laica, se interpretó al hecho de poder contar con una población culta o al menos que pudiese leer y tener las nociones básicas matemáticas como uno de los requisitos básicos que el país necesitaba para desarrollarse. A partir de ahí, con crestas y valles, con sus avances y retrocesos, se desarrolló el sistema escolar tanto en lo edilicio como en lo programático, acompañado de la formación docente.

Los avances en el sistema educativo siempre han sido coincidentes con el momento socioeconómico-político que vive el país. Este recorrido puede verse a modo de ejemplo con la creación de la primer escuela técnica en 1889, comenzando desde las bases un camino de industrialización del país.

En este sentido podemos señalar el decreto 29.337 del año 1949 que estableció la gratuidad de la enseñanza superior, permitiendo ampliar cuali y cuantitativamente el vuelco de profesionales a la sociedad y permitiendo además la accesibilidad de la ciudadanía en su conjunto a sus praxis.

Es así como también en este siglo, en el año 2005, se promulgó la ley de educación técnico profesional y en el 2006 la obligatoriedad de la educación secundaria, acompañando un proceso de reindustrialización nacional y promoción de la industria del conocimiento.

A partir de diciembre de 2015 vivimos un cambio en el rumbo del país, y con él en el paradigma educativo. En ese momento, el ministro de educación elogió públicamente vivir en la incertidumbre. En cuanto a su incumbencia, interpreto que el problema que afrontaba la educación era que se estaban educando niños y niñas con pensamiento critico y no en lo que requería el mercado de trabajo. Este paradigma no solo leyó bien la actualidad, sino que la formó y conformó.

Actualmente, ya no contamos con ministro de educación a nivel nacional y todo entra en la orbita de capital humano… el niño formado como producto.

¿Qué ve un niño o adolescente hoy en su día a día (por supuesto no todos los jóvenes sino la mayoría)? De ellos, los más afortunados ven a sus padres trabajando con sueldos bajo la linea de pobreza, buscando compensar la falta de recursos económicos con trabajos de aplicaciones.

¿Qué incentivos le damos a estos adolescentes para que se esfuercen, estudien y se preparen para el futuro?
Actualmente, el gobierno provincial sólo encontró como respuesta extender el horario, no se discute el contenido, sino únicamente el tiempo que pasan en la escuela. Tal vez eso es lo que demandan los padres para tener más tiempo productivo para intentar alcanzar a satisfacer las necesidades básicas del hogar.

Sumado a este paradigma, los culpamos de la inseguridad que sufrimos, empezamos a establecerlos en el imaginario colectivo como amenaza, como delincuentes y por ello necesitamos endurecer las penas y bajamos la edad de imputabilidad a los 14 años, cuando sabemos que los delitos graves cometidos por menores es ínfimo, porcentual y nominalmente.

¿La idea, así como en los últimos años fue desinteresarlos y desanimarlos, ahora es estigmatizarlos?; ¿será que les estamos robando el futuro, que los desesperanzamos para que no discutan lo establecido, para que acepten las condiciones del mercado como capital humano que son?; ¿qué idea de país tenemos?; ¿en qué comunidad queremos vivir?; ¿cuáles son los conocimientos que pretendemos que alcancen nuestros jóvenes?

Demasiadas preguntas por un proyecto de nación que no existe mas allá de los intereses de las multinacionales y la especulación financiera.

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