Por Alejandra Glaze.
El acto de amenazar como una manera del adolescente de hacerse presente por la vía del terror, de inscribirse en el lazo por la interrupción que genera.
Hay una estupidez doble en la reacción pública frente a las amenazas en las escuelas: el profesional tranquilizador que dice “son chicos, es una broma”, y el administrador del pánico, que responde como si cada pintada fuera ya la antesala de una masacre. Uno banaliza; el otro goza con la alarma. Ninguno piensa.
Y, sin embargo, habría que empezar por entender que esto no es una anécdota.
La Dirección General de Cultura y Educación bonaerense habló esta semana de “mucha tensión” en el sistema educativo y de mensajes amenazantes recibidos en escuelas de varios distritos de la provincia, pero no los presentó como episodios sueltos, sino como un fenómeno que también apareció en otras jurisdicciones del país. En paralelo, el departamento judicial de San Isidro recibió cientos de denuncias apenas en tres días por amenazas de tiroteos escolares. Ya no estamos ante hechos sueltos, sino ante una amenaza que empezó a circular.
Lo primero que hay que decir es que no toda amenaza anuncia una masacre, pero sí toda amenaza produce un efecto real: suspende clases, altera familias, moviliza policías, fiscalías, directivos y docentes. Introduce miedo; y cuando el miedo se organiza de ese modo, ya es un hecho político.
Hace años trabajé los schoolkillers como un modo extremo de hacerse existir, mediante un acto sin mediación, sin palabra, que buscaba dejar una marca en lo real. No estamos necesariamente ante eso. Pero sería un error no advertir que, en estas amenazas, ya asoma algo de esa lógica: la de hacerse existir por el impacto, por el terror, por la mirada del otro.
Eso es lo que cuesta leer. Porque una parte del discurso público sigue creyendo que sólo hay problema cuando aparece el arma, y esto es un error. El problema empieza cuando un adolescente descubre que puede inscribirse en el lazo no por la palabra, no por la demanda, no por el síntoma, sino por la interrupción: existo porque detengo, porque aterrorizar al otro me da una consistencia instantánea, porque durante unas horas todos miran el mismo baño escrito, la misma historia, el mismo mensaje de WhatsApp. No es todavía el acto, pero sí su antesala, como una manera de hacerse presente por la vía del terror.
La coyuntura argentina no permite hacerse el distraído, porque el 30 de marzo, en San Cristóbal, un alumno de 15 años mató a un compañero de 13 e hirió a otros estudiantes dentro de su escuela. Días después, la investigación empezó a girar hacia una comunidad virtual internacional –la llamada True CrimeCommunity– que, según la investigación, glorifica crímenes y masacres, y podría haber funcionado como espacio de identificación y planificación. No hace falta fantasear una conspiración global para ver que la violencia escolar ya no se contagia sólo por imitación local. Pasa de una pantalla a otra y encuentra ahí un modo de expandirse.
No es casual que una serie como Adolescencia haya pegado tanto. Puso en escena algo que los adultos no están sabiendo leer. No porque explique nada, sino porque muestra con una precisión incómoda un mundo en el que el malestar adolescente ya no se traduce necesariamente en palabra, sino en códigos, signos, capturas, ideologías mínimas. Allí donde los adultos todavía creen ver solo pantallas, los adolescentes leen pertenencias, agravios, jerarquías y consignas. La serie no “habla de” estos episodios argentinos, por supuesto; pero sí hace visible el tipo de escena en la que hoy aparecen, y muestra un universo donde el algoritmo ofrece formas rápidas de identificación, y el acto circula antes de volverse comprensible.
Ahí está el punto que el progresismo ingenuo y el punitivismo bruto comparten sin saberlo: ambos leen mal la pantalla. Unos la toman como mero soporte, como si las redes fueran apenas un canal neutral. Los otros la convierten en un demonio abstracto. Pero el problema no es “Internet” en general; es que para muchos adolescentes el algoritmo, la red, ya ocupan un lugar de referencia inmediata, funcionan como un Otro automático, ofreciendo códigos, pertenencias, consignas mínimas, rituales de odio, modos de ser alguien sin pasar por la dificultad del lazo. Un grafiti que dice “mañana tiroteo” no vale sólo por lo que enuncia, vale más porque ya llega armado por una circulación previa, por una forma de contagio, por una disponibilidad social de la amenaza.
La escuela queda atrapada en una paradoja, porque sigue siendo uno de los pocos espacios donde algo del malestar adolescente podría todavía alojarse, pero al mismo tiempo se convierte en el escenario ideal para dramatizar su fracaso. Se amenaza allí porque todavía queda un resto de Otro, donde aún hay un directivo, una maestra, una comunidad, un reglamento, una familia esperando en la puerta, y la amenaza apunta exactamente a eso, a perforar el último lugar donde algo del lazo insiste.
Por eso la respuesta no puede ser ni pedagogía naïf ni pura policía. Por supuesto que hay que investigar, intervenir y sancionar, pero lo que está en juego es mucho más serio; es una subjetividad para la cual el acto ya no espera ser respondido, sino que busca impacto; ser visto, viralizado y replicado. Porque no se trata sólo de jóvenes “desbordados”, sino de una época que les ofrece muy pocos lugares para tramitar el malestar y demasiados dispositivos para convertirlo en espectáculo.
La discusión de fondo no es cómo restaurar una autoridad perdida, porque esa restauración ya no es posible, y su nostalgia suele ser apenas el disfraz respetable del autoritarismo. La discusión es otra, es cómo abrir, antes del acto, un lugar donde el malestar no quede reducido a código, consigna o amenaza. Cómo no llegar siempre después, cuando la palabra ya fue reemplazada por el terror.
Porque cuando una sociedad sólo sabe oscilar entre la estupidez tranquilizadora y el pánico punitivo, deja a los adolescentes a solas con sus pantallas, sus odios y sus actos. Y después se sorprende de que el miedo se vuelva su lengua.
Alejandra Glaze es psicoanalista, miembro de la Escuela de la Orientación Lacaniana (EOL) y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP).
FUENTE: Página 12
