El Hospital de Niños Víctor J. Vilela no es solo un lugar donde se atiende la salud: es el corazón del sistema público que cuida a niños y niñas de Rosario y de gran parte del sur de la provincia. Sin este hospital, la atención pediátrica en la región sería muy distinta. Allí, pacientes, familias, médicos y trabajadores reconocen en el Vilela un pilar fundamental, capaz de sostener desde consultas cotidianas hasta cuadros de alta complejidad que requieren equipos especializados y tecnología específica. En un sistema donde no todos cuentan con cobertura privada, el hospital funciona como una garantía concreta de acceso a la salud infantil, especialmente para los sectores más vulnerables.
Pero su importancia no se agota en lo asistencial. El hospital también es un espacio de formación de profesionales, un punto de referencia para derivaciones regionales y un lugar profundamente arraigado en la vida de la ciudad. Generaciones de familias rosarinas lo reconocen como escenario de momentos críticos, pero también de recuperación y cuidado. En ese punto donde se juntan la medicina, la comunidad y el Estado, el Vilela se vuelve una institución clave. No solo por todo lo que logra cada día, sino también por lo que significa para la ciudad.
Cuando las tensiones empiezan a hacerse visibles
Pero esa misma estructura, que es motivo de orgullo en Rosario, ahora está bajo presión. Las tensiones empiezan a notarse, y cada vez son más difíciles de ignorar. No se trata de un conflicto aislado ni reciente, sino del resultado de un desgaste acumulado que, puertas adentro, las trabajadoras y los trabajadores vienen señalando desde hace tiempo. En ese contexto, las voces de quienes lo habitan todos los días comenzaron a organizarse y a salir del ámbito hospitalario.
Fue así como, en el estudio de estudio de Aire Libre, Radio Comunitaria, el conflicto encontró una forma de narrarse en primera persona. En las Señales, profesionales del hospital pusieron en palabras lo que hasta hace poco circulaba en pasillos, guardias y reuniones informales: el diagnóstico de una crisis que ya no puede postergarse y la decisión colectiva de hacerla visible.

Las voces que comienzan a organizarse
Las voces de María José Benetti y Josefina Rodríguez, profesionales del Hospital de Niños Víctor J. Vilela, llegaban con la claridad de quienes ya no podían postergar lo que tenían para decir. No hablaban solo por ellas, sino como parte de un colectivo que, casi sin proponérselo, había empezado a organizarse.
Todo había comenzado, según relataban, de una manera espontánea. Más que una convocatoria formal, fue una reunión que surgió de la necesidad compartida. En realidad, explicaban, la crisis en el sistema de salud no era nueva. Desde hacía años, distintos sectores del hospital —profesionales, camilleros, mucamas— venían realizando reclamos aislados, pedidos de reconocimiento que no encontraban respuesta ni espacios de escucha. En el caso de ellas, pediatras, el año anterior había estado marcado por intentos reiterados de diálogo que nunca llegaron a concretarse.
El punto de quiebre fue el cierre reciente de la paritaria. Allí, decían, todo lo acumulado terminó por desbordar. Las conversaciones informales, los momentos de queja compartida entre pasillos y guardias, el desgaste sostenido, derivaron finalmente en una decisión: reunirse. Convocaron también a los delegados sindicales, que estuvieron presentes en ese primer encuentro. De esa instancia surgió una definición clave: declararse en asamblea permanente como trabajadores del hospital, con el objetivo de discutir y organizar medidas que permitieran recomponer los salarios.
Desde entonces, la escena se repite cada lunes al mediodía en la puerta del hospital. Sin cortar el tránsito ni interrumpir la dinámica de la ciudad, se hacen visibles con carteles y ruido, intentando que su situación deje de ser invisible. En paralelo, acordaron junto al sindicato una movilización prevista para el 30 de marzo, cuya modalidad —con o sin paro— aún estaba por definirse.

Salarios, sobrecarga y un sistema exigido al límite
El reclamo, insistían, es tan básico como urgente. Como pediatras, perciben salarios que no alcanzan los dos millones de pesos, una cifra que queda por debajo de lo necesario para cubrir una canasta básica familiar. Citaban estudios que ubican ese umbral entre los dos millones y medio y más de tres millones de pesos para una familia tipo. La brecha no es menor: «no llegamos, y no llegamos por mucho», dejaban en claro.
Esa insuficiencia salarial tiene consecuencias directas. Obliga a multiplicar las horas de trabajo, a sostener más de un empleo o a extender jornadas dentro del propio hospital. En su campo, eso significa turnos de 12 o 24 horas, con el desgaste físico y mental que implica. Todo esto ocurre en un contexto donde la demanda no deja de crecer. Cada vez más personas recurren al sistema público, no solo quienes perdieron su trabajo y cobertura, sino también quienes, aun teniendo obra social, optan por atenderse allí. Según señalaban, cerca del 50% de quienes cuentan con cobertura privada están utilizando el sistema público.
El fenómeno no es exclusivo de un área, pero en pediatría adquiere un peso particular. No consideran casual que el proceso de organización haya surgido en un hospital pediátrico. Allí, decían, el compromiso emocional es profundo: trabajar con niños y niñas implica una carga afectiva que intensifica cada situación. En tiempos de crisis, los hospitales —y especialmente los pediátricos— se convierten en el primer lugar donde se hacen visibles las desigualdades más duras.

Una demanda que no deja de crecer
Cuando la demanda no para de crecer, las y los trabajadores, que viven la misma crisis que los pacientes, tratan de responder, el sistema se acerca a un límite. Ya lo advertían. Y la preocupación ya no es solo salarial, sino estructural: qué sistema de salud encontrará la población si quienes lo sostienen llegan al colapso. Porque, como subrayaban, cualquier persona que acude a una consulta espera ser atendida por alguien lúcido, descansado, en condiciones. Y eso, hoy, no está garantizado.
Por eso, el sentido del reclamo excede el ingreso mensual. Lo que está en juego, sostenían, es la defensa de la salud pública tal como se la conoce y se la valora en la ciudad. No se trata únicamente de cuestionar el último aumento —un 16% escalonado en seis meses que describen como «una cachetada»— sino de un deterioro acumulado a lo largo de años.
La estrategia, remarcan, es colectiva y articulada con los representantes sindicales. También tiene un alcance amplio: no se trata de un sector aislado. El reclamo incluye a todos los trabajadores y las trabajadoras del hospital. La experiencia les había demostrado que las demandas fragmentadas no daban resultados. Por eso, el planteo es conjunto e involucra a todo el personal: desde mantenimiento y cocina hasta enfermería, administración, profesionales médicos y el resto de quienes habitan el Vilela.
En esa unidad encuentran también el sentido de su lucha. Porque, como concluyen, el hospital —y la salud pública en general— no es obra de un solo grupo, sino el resultado del trabajo cotidiano de todos sus integrantes. Y el malestar que hoy expresan no es individual ni sectorial: es el reflejo de un sistema que, poco a poco, empezó a tensarse al límite.
La conversación avanzaba y, a medida que se profundizaba el relato, la dimensión del conflicto empezaba a tomar forma concreta. Dentro del Hospital de Niños Víctor J. Vilela, explicaban, no resultaba sencillo precisar una cifra exacta de trabajadores, pero sí podían dar una referencia clara: solo en esa primera instancia de organización habían logrado reunir a unas 800. Ese número, sugerían, servía también para dimensionar algo más amplio: el peso de la salud pública en Rosario.
Porque, como señalaban, muchas veces la magnitud del sistema pasa inadvertida. La ciudad sostiene una red extensa, con múltiples hospitales y más de medio centenar de centros de salud, una estructura que la convierte en un caso singular dentro del país. La salud pública, insistían, no es solo un servicio: es un emblema construido históricamente por sus trabajadores y trabajadoras. Y es justamente por eso que duele, decían, la falta de reconocimiento.
El contraste con lo ocurrido durante la pandemia era inevitable. Recordaban cómo, en aquel momento, el sistema sanitario de la ciudad había sido ampliamente valorado, con un reconocimiento generalizado al trabajo de todos los efectores. Sin embargo, esa visibilidad parecía haberse diluido con el tiempo. Hoy, en cambio, perciben una suerte de indiferencia frente a las mismas condiciones que, incluso, se han vuelto más complejas.
Desde su lugar en pediatría, una de ellas sumaba un dato que encendía alarmas: cada vez hay menos especialistas en esa área, y recientemente se habían conocido informes que mostraban un aumento de la mortalidad infantil en el país. En ese contexto, sostenía, cuidar la salud pública debería ser una prioridad urgente. Más aún en un escenario nacional que describía como de retirada del Estado, con faltantes de insumos, medicamentos y el debilitamiento de programas sanitarios.
Aun así, el hospital como institución logra sostenerse. No sin dificultades, pero con una inercia que combina esfuerzo cotidiano y algunos avances puntuales. Mencionaban obras en marcha, como la construcción de un nuevo hospital de día y mejoras en el área de oncología. También señalaban el crecimiento de ciertos servicios, como la cirugía cardiovascular. Son, decían, pasos pequeños dentro de un contexto adverso, pero que reflejan una intención de sostener y mejorar la atención.

Lo que está en juego: una construcción colectiva
Ese esfuerzo cobra mayor dimensión cuando se comprende el rol del hospital dentro del sistema. El Vilela no es un efector más: es un hospital de alta complejidad, de tercer nivel, que funciona como centro de referencia para gran parte del sur de la provincia. Allí se realizan trasplantes de médula ósea, cirugías cardiovasculares y sus posteriores recuperaciones, y se concentran áreas clave como la neurocirugía pediátrica. Es, en muchos casos, el lugar al que llegan las situaciones más complejas.
Sin embargo, esa capacidad técnica convive con una tensión creciente. La calidad del servicio, advertían, no es ajena al desgaste de quienes lo sostienen. Las jornadas extendidas, las horas extras acumuladas y el cansancio empiezan a plantear un interrogante inevitable: cuánto tiempo puede sostenerse ese ritmo. Y más aún, qué ocurrirá si ese límite se cruza. La posibilidad de que profesionales migren hacia otros espacios con mejores condiciones ya no parece lejana.
En ese marco, la asamblea permanente que habían decidido constituir adquiere un sentido concreto. No se trata solo de una definición simbólica, sino de una dinámica de organización continua. Mantienen reuniones semanales —habitualmente los lunes al mediodía, aunque adaptadas por feriados— en la puerta del hospital, y sostienen un contacto permanente entre los trabajadores. La movilización prevista busca ampliar esa base: no solo convocar a los efectores de salud, sino también al conjunto de los trabajadores municipales y a la comunidad.
Un punto que subrayan con énfasis es que estas acciones no afectan la atención. Las actividades se realizan fuera del horario laboral, y el funcionamiento del hospital continúa con normalidad: turnos, guardias e internaciones se sostienen sin interrupciones. La intención, remarcan, es visibilizar sin perjudicar a quienes dependen del sistema.

La articulación con otros espacios también empieza a consolidarse. Relatan que trabajadores de otros hospitales y centros de salud se han ido acercando, interesados en sumarse o replicar la experiencia. Mencionan vínculos con el Hospital de Emergencias Clemente Álvarez y el Hospital Carrasco, entre otros, donde también se desarrollan procesos similares. En muchos casos, las asambleas surgieron de manera espontánea; en otros, fueron impulsadas por el propio gremio. Pero el diagnóstico es común y el malestar, compartido.
Esa convergencia empieza a dar forma a una unidad incipiente dentro del sistema de salud pública. Los reclamos ya no aparecen como hechos aislados, sino como parte de un mismo proceso. Y, según describen, basta con que alguien dé el primer paso para que otros se sumen: preguntas, contactos, participación en reuniones. Una red que se va tejiendo desde abajo.
Hacia el final, el mensaje se dirige directamente a la comunidad. No hay reclamos abstractos ni demandas lejanas. Lo que piden es, ante todo, apoyo. Apelan a la experiencia de quienes alguna vez encontraron respuestas en el hospital, a quienes fueron atendidos en momentos difíciles. Recuerdan que, en cada consulta, el compromiso no se limita a lo médico: también abarca lo social, lo humano, la escucha.
Ahora, dicen, es el momento inverso. Así como ellos sostienen cotidianamente ese entramado de cuidados, necesitan que la sociedad acompañe su reclamo. No con más que eso: con presencia, con respaldo, con la conciencia de que lo que está en juego excede a un sector. Al final, mantener este sistema es parte de la historia de Rosario. Lo construyeron entre todos, lleva décadas funcionando y está muy ligado a la ciudad democrática que la gente reconoce como propia.
FUENTE: Señales
